El partido

Un partido socialdemócrata pertenece a la clase trabajadora y debe ser sólo instrumento de ésta. Tiene como fin, entre otros, conformar los acuerdos necesarios con los aliados de clase: conjunto de organizaciones próximas que de ningún modo serán las que tomen las decisiones en el seno de la organización. La hegemonía social dará como fruto una mayoría electoral desde la que se formarán gobiernos emanados de la clase trabajadora y seleccionados por el partido entre los más adecuados para la tarea a emprender. Éstos serán los que emprendan las reformas necesarias establecidas previamente en un programa elaborado por la propia clase en el seno de la organización que le pertenece.

Efectivamente, un partido de clase, como el socialdemócrata, pertenece a la clase trabajadora. Esta reflexión evidente viene a colación para señalar que no pertenece siquiera a sus militantes, menos aún a sus dirigentes, sino que es la clase trabajadora, en pleno, la que a través de los órganos participa en la elección de sus dirigentes y de los principios generales aplicables. Un partido democrático, entonces, desde el punto de vista socialista, se sitúa en la base de su razón de ser : la elección directa, la participación de todos los trabajadores, la democracia participativa.

Esto provoca que la organización, el partido, debe provocar un proceso de ósmosis con la clase trabajadora en la que se sustenta, y, por cierto, evitar la presencia de castas internas que suelen ser causa de esclerosis y desviación. El partido, así, se define como órgano de participación y estructuración de la clase trabajadora, fortalecido por la pauta democrática que le gobierna: votos, temidos por la casta, pero que hacen líderes a los líderes, y refuerzan un programa sobre el que van a navegar los trabajadores. Si una decisión  se toma de espaldas a la opinión de los trabajadores, se estará minando la fuerza electoral, diluyendo la mayoría social y dañando irremisiblemente al propio partido, pervertido por sus dirigentes, como instrumento de participación de clase.

Por otro lado, el partido, como instrumento de la clase trabajadora, se mostrará por sí solo insuficiente para alcanzar la hegemonía social, mayoría para la que buscará aliados de clase conformados especialmente por las organizaciones feministas, ecologistas, de estudiantes, de intelectuales, de artistas, de creadores, de emprendedores, que, no siendo de forma ortodoxa clase trabajadora en sentido estricto, sí son aliados suficientes como para conformar una mayoría social que nos lleve a la hegemonía.

En este punto cabe un paréntesis para evitar un error que se ha venido dando con profusión. Los aliados de clase no pueden dirigir el partido. El partido es dirigido por aquellos que son elegidos por la clase trabajadora, sobre los principios que ésta establezca y con el programa que aquellos presenten a ésta. Un partido de clase no es un sumatorio de minorías, sino que en el seno de la tensión dialéctica de clase, las minorías son cobijadas por la organización, precisamente como aliadas de clase, pero de ningún modo sustituyen a los trabajadores en el proceso de decisión y dirección.

Una vez alcanzada la hegemonía social por el acuerdo, a través del partido, entre la clase trabajadora y sus aliados, el siguiente paso es la hegemonía electoral que lleva a la consecución de los gobiernos, cuyos elementos son suministrados por el partido como mecanismo de selección de la mejor clase dirigente, responsables y autores de las reformas a emprender, las anteriormente descritas por la organización a la clase trabajadora tras haber obtenido de ésta los principios generales. Si ese mecanismo de selección de los responsables del gobierno es preso del favoritismo o de la mercadotecnia, las reformas no serán implementadas por los más idóneos y sufrirán por tanto una evidente falta de desarrollo y competencia.

Mala es la época en la que hay que, negro sobre blanco, exponer lo evidente (DiarioProgresista, viernes, dos de septiembre de 2011).

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A fronte pretipitium, a tergo lupi.
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