¿Por qué había que haber eliminado el Impuesto (mal llamado) de Patrimonio?

Trato de responder a dos preguntas: por qué había que haber eliminado el Impuesto de Patrimonio anterior y, mañana, por qué ahora hay que introducir un nuevo Impuesto de Patrimonio. Convenimos todos, imagino, que la hacienda pública española establece una progresividad fiscal nominal que no se corresponde con la efectiva. Al final y a la postre se quiebra el principio de equidad y, por lo tanto, los que más tienen no son los que proporcionalmente más pagan.

Sé que muchas personas de buena fe se posicionaron en contra de la eliminación del Impuesto de Patrimonio anterior. Se trataba, probablemente, de una cuestión semántica. El Impuesto (mal llamado) de Patrimonio gravaba el ahorro de los trabajadores y de ningún modo era soportado, ni por las rentas más pudientes, ni por los patrimonios más abultados. Se trataba, entonces, de un impuesto, digo, sobre el ahorro de los trabajadores y las rentas de las clases medias. Lo que hay que hacer es crear un impuesto sobre el patrimonio, de forma inteligente, que grave, al menos ejemplarmente, a los patrimonios más abultados, cuestión que defenderé en la Carta del director de mañana.

Tengo delante de mí el informe tributario del Impuesto de Patrimonio del año 2005 en el que 957.303 declarantes presentaron a la hacienda pública la declaración del mismo. Observo, de nuevo con perplejidad, que el tramo que más declaraciones contiene, la mediana, es aquel cuya base imponible patrimonial, cuyos patrimonios netos declarados, están situados entre 100.000 y 200.000 euros. Un 30% de los contribuyentes que pagaban este impuesto poseían un patrimonio imponible de esta cantidad, que, como parece obvio pensar, no representa el conjunto de bienes de aquellas personas que podríamos considerar precisamente muy adineradas.

Hizo bien el gobierno en eliminar este tributo. Porque parece lógico pensar que no estamos hablando de un Impuesto sobre el Patrimonio sobre el que cabría suponer que los patrimonios más elevados son los que más pagan, sino un impuesto sobre los ahorros de los trabajadores.

Por todo ello, el Gobierno de la Nación, entonces, muy acertadamente, como el resto de los países europeos, eliminó el Impuesto (mal llamado) de Patrimonio con el fin de no gravar, ya no las rentas, sino los ahorros de los españoles de renta media e, incluso, menor. Un trabajador que con sus ahorros se comprara una segunda vivienda para su hija y que, mes tras mes, la fuera pagando con el fin de que ésta pudiera disfrutarla al acabar su menoría tendría que pagar el Impuesto (mal llamado) de Patrimonio. ¡Qué desatino!

Las clases medias, digamos, soportaban también en cierta medida, de la misma forma que los ahorros de los trabajadores, un impuesto que había sido creado por razones censales, es decir, para que la inspección lo cruzara con el IRPF y dedujera evasiones de los sujetos pasivos menos aprensivos. Así, el 70% de los declarantes presentaron un patrimonio inferior a los 400.000 euros. Nueve de cada diez declarantes declaraban un patrimonio neto inferior a un millón de euros: la elusión parece evidente. Tan sólo –éste es el escándalo-, un 0,10% de los declarantes reconocían tener un patrimonio superior a 10 millones de euros.

No bastaba con elevar el mínimo exento porque esto, de forma directa, no solucionaba el problema de la elusión fiscal, la cuestión de evitar el impuesto utilizando (a veces) argucias legales.

Es fácil de entender: el Gobierno de la Nación hizo bien en eliminar el Impuesto (mal llamado) de Patrimonio. Y hará bien el próximo gobierno en encontrar una figura tributaria que ayude a recuperar la equidad entre los españoles a través de un Impuesto (de verdad) sobre el Patrimonio. (Publicado en DiarioProgresista.es el jueves, 15 de septiembre de 2011).

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About antoniomiguelcarmona

A fronte pretipitium, a tergo lupi.
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