La muerte de Troy

Troy Davis ha sido ejecutado (asesinado) tras la condena a pena de muerte en los Estados Unidos y al cabo de una agónica y larga espera en el corredor de la muerte. Años de sufrimiento y recursos, frente, paradoja que se añade, unas pruebas poco concluyentes que le han llevado a que el Estado le haga perder la vida, último soplo de esperanza para él, para sus abogados, para su familia y para la civilización.

Quizás sea lo de menos que la condena de Davis sea, ciertamente, tan poco consistente como los indicios sobre su participación en el asesinato de un policía de veintidós años que fue a socorrer a un vagabundo a quien pretendían arrebatarle una cerveza. No encontrar el arma homicida hacía presagiar, a propios y a extraños, que las pruebas contra Troy no iban a encontrarse. Ni siquiera las del ADN que tampoco existen. Nada fue concluyente salvo la sentencia y ahora, por Dios, su muerte.

Una nación tan desarrollada como los Estados Unidos de América ejecuta al año medio centenar de condenados. No coloca a su Tribunal Supremo, ni a su legislación, a la altura de la potencia que aspira a ser y que en otras cuestiones ciertamente es. Efectivamente, no estamos hablando de países atrasados que le dan la espalda al desarrollo, sino a naciones civilizadas como el Japón, lugar donde la pena de muerte sigue existiendo. O la India. O China.

En Europa la pena de muerte está prácticamente abolida. Únicamente Bielorrusia mantiene en su legislación esta norma medieval de segar la vida de un reo para vengar un delito. Afortunadamente en esto, máxime en estos tiempos de turbación, Europa se mantiene a la cabeza de la civilización. Tras siglos de guerras internas y crueles luchas intestinas, Europa alcanzó el sosiego de su legislación para no manchar al Estado de la sangre que vierte la historia o la escasez de razón.

La muerte de Troy ya se produjo en 1991, momento en el que fue condenado. Una muerte lenta que le hizo caminar hacia la misma una y otra vez, interponiendo recursos que se aceptaban en el último momento. Paseos de ida y de vuelta que han tenido que ir minando la salud de un reo que, aún siendo culpable, o no, ya se le había ejecutado una y otra vez.

Por no hablar de la interpretación sesgada y anacrónica de los libros religiosos que llevan, en pleno siglo XXI, a que a las mujeres se les acuse de infidelidad y sean lapidadas en la plaza pública rodeadas de hombres que no llegan siquiera a ser hombres.

La pena de muerte se aplica para los delitos capitales. Una señal, aún, de que este mundo en el que vivimos todavía no ha cruzado la frontera de la civilización. Una temeridad legal que nos retrotrae a la Edad Media y que, como digo, mantienen todavía naciones que presumen de ser civilizadas o de querer serlo. (Publicado en DiarioProgresista.es, el viernes, 23 de septiembre de 2011).

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About antoniomiguelcarmona

A fronte pretipitium, a tergo lupi.
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