El criadero de tortugas

El broker Alessio Rastani declaraba ayer en la BBC que “sueña cada noche con una recesión”. La desgracia de la gente, de los ahorros y de la renta es una enorme oportunidad de inversión para todos aquellos que apuestan por la catástrofe. Un envite que, al mismo tiempo, acelera la hecatombe desde el momento en el que grandes fondos precipitan al mercado con abultadas ventas.

Rastani no es más que una tortuga. Un trader capaz de aprovecharse de que, como dice, “el miedo está ahora gobernando los mercados”. No nos descubre nada nuevo cuando, quizás exageradamente, señala que “los gobiernos no dirigen el mundo: Goldman Sachs dirige el mundo”.

La opinión de Rastani ha hecho rasgarse las vestiduras a los analistas más prudentes cuando en realidad Wall Street, la City o cualquiera de los mercados está repleto de tortugas. Personajes cuyo único interés es forrarse, más allá de cualquier restricción moral, planteamiento ético o norma restrictiva. Da igual que con ventas masivas, con rumores planificados o con posiciones estratégicas hundamos el ahorro de los griegos o el de cualquier fondo de pensión que haya invertido en la acción, el empréstito o la moneda que estén atacando.

Han pasado muchos años desde que Richard Dennis se ganara la fama como especulador en la ciudad que nunca duerme. Eran los años setenta y ochenta y, desde las plazas y las universidades, comenzaba a defenderse la virtud de ganar dinero a cualquier precio. Se contaba de Dennis que había pedido un préstamo por valor de 1.600 dólares y que en tan solo diez años fue capaz de convertirlo en 200 millones de dólares. Un día soleado de Nueva York discutía paseando con su amigo Bill Eckart, si el especulador lo era de nacimiento o era capaz de hacerse a lo largo del tiempo. Para Eckart se nace, para Dennis se hace.

En uno de los viajes de Richard Dennis por Asia descubrió un criadero de tortugas donde los cuidadores las alimentaban y las enseñaban a sobrevivir en cautividad. Contemplando a las sauropsidas le vino a la cabeza la discusión con Eckart. A su vuelta a Nueva York le propuso a su amigo Bill la siguiente apuesta: contratar a una decena de becarios, recién licenciados, economistas nóveles, darles un millón de dólares a cada uno y, como un criadero de tortugas, hacer de ellos unos auténticos depredadores financieros.

Parece ser que el criadero de tortugas fue engrosado con trece brokers que, en breve espacio de tiempo, obtuvieron una rentabilidad del 80% de media en sus especulativas operaciones. Dennis había ganado la apuesta: todos tenemos el mal dentro y somos capaces, si no tenemos escrúpulos y nos animan a ello, de buscar nuestro propio beneficio, sin importarnos manipular el mercado, desarrollar prácticas lesivas a la competencia o, simplemente, cubrir posiciones especulativas aún en contra del buen juicio.

El problema es que, incluso tras la muerte de Dennis, Wall Street se llenó de tortugas. El criadero fue creciendo y creciendo. Pronto descubrieron los criadores que podían llenar las universidades de analistas y profesores que moralmente les cubrieran con facilidad a partir de planteamientos neoclásicos, tan simples como ocurrentes. Llegaron al Senado y hasta el Capitolio y, ni cortos ni perezosos, sembraron de tortugas el poder ejecutivo y el legislativo, defensores a ultranza de un mundo de tortugas sin normas ni reglas. Todas las plazas financieras de todos los continentes se llenaron de ellas, ávidas y deseosas de engullir posiciones que les llevaran al enriquecimiento rápido y seguro.

Alessio Rastani no es más que una tortuga más, una tortuga bocazas, pero, al fin y al cabo, una simple y vulgar tortuga. (Publicado en DiarioProgresista.es, el miércoles, 28 de septiembre de 2011).

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About antoniomiguelcarmona

A fronte pretipitium, a tergo lupi.
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