Eurócratas

El Eurogrupo, los ministros de Finanzas de la Unión Económica y Monetaria, han decidido posponer su próxima reunión a mediados de octubre, días u horas antes de la de Jefes de Estado que tendrá lugar el 17 y el 18 del mismo mes. Grecia se adentra en el abismo mientras un grupo de funcionarios y políticos de medio pelo babosean sus propio interés frente al espejo. Para entonces lo mismo ya no hay Europa.

Resulta esperpéntico observar a los eurócratas rascarse la cabeza mientras Grecia cae al abismo o esperan que llegue al precipicio al sistema financiero irlandés, portugués, belga o italiano. La falta de acción del Banco Central Europeo, la escasa coordinación política, la inexistencia de decisiones tempranas, ágiles y contundentes, ha sorprendido a propios y extraños incluso, siguiendo las declaraciones de Obama y Geithner, al otro lado del Atlántico.

Según el think tank británico Open Europe, la Unión Europea cuenta con ciento setenta mil trabajadores, funcionarios y contratados. ¿Cómo es posible? ¡Si al menos su trabajo no chocara con la esclerosis de decisiones políticas que existe!

Como un incesante gota a gota, poco a poco, los países europeos van aprobando el Fondo Europeo de Estabilidad Financiera, el salvavidas de Grecia. Ya son diez las naciones que han dado el sí tras la última decisión afirmativa de la reticente Finlandia:

España, Bélgica, Francia, Grecia, Irlanda, Italia, Luxemburgo, Portugal y Eslovenia.

No me digan que no es para reflexionar que se desespere la Comisión en su propia salsa y el Banco Central Europeo en sus salones alfombrados, a la espera que los parlamentos aprueben las urgentes decisiones tomadas el 21 de julio pasado para dotar de financiación los vencimientos de la Deuda de los países periféricos.

Europa no existe. Decía Ortega que Europa es la solución cuando, en realidad, parece como si fuera el problema. Hemos construido una Europa de funcionarios, de eurócratas convencidos que hacen el bien pero sin saber para qué, por qué, y, mucho menos, para quién.

Hubo un tiempo, fíjense, a finales de los setenta, que dos tercios del presupuesto comunitario se destinaba a la agricultura. Las reformas pertinentes, los avances políticos, pretendieron hacer de la Unión algo más que la Europa de los mercaderes de la agricultura, el acero y el carbón.

Pero, hete aquí, hemos convertido a Bruselas en la gran mina de las subvenciones, con burócratas convencidos, eurócratas de salón, de algo en lo que no cree el último ciudadano del norte, del sur, del este o el oeste del viejo continente (Publicado en DiarioProgresista.es, el lunes, tres de octubre de 2011).

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About antoniomiguelcarmona

A fronte pretipitium, a tergo lupi.
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