Productividad

En el año 1976, recién iniciada en España la crisis energética tras la fracasada y errónea política compensatoria, un periódico titulaba en una de sus páginas interiores: “El índice de productividad de España es el más bajo de todo el occidente europeo”. Mediados de los setenta fue el momento en el que la estructura productiva española comenzó a expulsar a numerosos trabajadores de las fábricas y de las oficinas, inaugurando un proceso que ha logrado hacer de nuestro país una de las naciones con más parados del planeta.

Ningún gobierno ha llevado a cabo, y sólo dos han planteado, un cambio de modelo productivo protagonizado por los agentes económicos y sociales. Al contrario: las mentes más simples escurren el bulto y le echan la culpa a Zapatero, o a Aznar o a González, de la enorme cantidad de desempleados que protagoniza nuestra nación. El problema, empero, es mucho mayor: está enraizado en las características intrínsecas de la economía nacional.

Tras el Plan de Estabilización de 1959 la economía española creció hasta el punto de convertirse, tras Japón, en la nación con mejores crecimientos de su valor añadido. Durante el período 1959-1975 el crecimiento de la economía hispana se debió a un dinámico sector industrial acompañado por un terciario incipiente, sustentando el crecimiento en las exportaciones de bienes y servicios baratos.

Una estructura productiva caracterizada por ser intensiva en trabajo (mucha mano de obra y salarios bajos), intensiva en energía con precios del petróleo reducidos (tres dólares el barril) y alimentada con un fuerte endeudamiento a bajos tipos de interés, era capaz de exportar a precios inalcanzables.

Esto provocó, ayudados por sucesivas depreciaciones, que nuestra capacidad exportadora sirviera de locomotora de la economía nacional. Pero también supuso que nuestras fábricas contuvieran muchos más trabajadores por unidad de producto que el resto de las modernas y tecnológicamente avanzadas factorías de los países de nuestro entorno.

No importaba que utilizáramos tres operarios para producir un mismo producto mientras que en Alemania se empleaba a uno solo y a una máquina. No importaba porque, siendo menores los salarios en España, resultaba ser más competitivo que el del alemán en no pocos subsectores.

Nuestra productividad aparente del trabajo, nuestro ratio de producción por trabajador o por hora trabajada, andaba (anda) por los suelos. Con salarios tan bajos, entonces, nuestros productos eran competitivos sin necesidad de más capital (máquinas) o tecnología (innovaciones).

Llegada la crisis de los setenta, la lógica subida de los salarios, el crecimiento del precio del petróleo en una economía intensiva en energía y la subida de tipos en una estructura endeudada, el golpe mortal a la economía española no se hizo esperar. Cada vez que cerraba una fábrica española se iban a la calle más trabajadores que cuando, supongamos, cerraban la misma fábrica en Francia.

La baja productividad y la pérdida de una competitividad sustentada en salarios bajos, dio lugar a que el paro en España batiera récords inimaginables. Ningún gobierno puso en práctica medidas que mejorasen nuestra productividad y, al tiempo, una competitividad sustentada en la tecnología y el capital, que nos garantizase presencia exterior.

Por eso tenemos un déficit exterior corriente de 48.000 millones de euros, por eso existen casi cinco millones de parados, por eso hoy por hoy a la economía española le cuesta remontar el vuelo. Nada tiene que ver con la supuesta rigidez del mercado laboral, sino con la escasa capacidad emprendedora de unas estructuras poco alimentadas por los gobiernos,  y establecidas a favor de la productividad, la competitividad, las exportaciones y la innovación. (Publicado en DiarioProgresista.es, el sábado, uno de octubre de 2011).

 

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A fronte pretipitium, a tergo lupi.
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