Volcán

La isla más pequeña del Archipiélago Canario es hija de un volcán, fragua de la lava que se esparce por sus escarpes y de la que nace la llamada isla de El Hierro. Tiene en ella un brillo especial que se esfuma por sus áridos caminos volcánicos y que la convierten en una de las más hermosas motas del Atlántico.

Unos once mil herreños viven con el corazón en un puño. Se mueve una y otra vez el suelo bajo sus pies y presienten, más que sienten, que el volcán va a escupirles fuego como dragones gigantes que aparecen indómitos más allá de la línea del horizonte.

La edad de la isla supera el millón de años y, a lo largo del tiempo se fue conformando como, fíjense, la más joven de todas las islas del archipiélago. Sienten los once mil herreños que el tiempo se detiene y que, por fin, son noticia. Dejan de jugar a la bola canaria y a trabajar, que es tiempo de la obra, y, llenos de civismo, recogen sus pertenencias por si tuvieran que evacuar.

Los lagartos son los primeros en saber que viene otro movimiento, reptiles que no recordarán que hace miles de años se derrumbó casi la mitad de la isla para formar el Valle del Golfo, deslizando la tierra para que fuera engullida por el mar océano.

Memoria de herreños que aún recuerdan como el Teneguía escupía lava en La Palma y piensan, sin certidumbre alguna, que podría ocurrirles a ellos. Y no les falta razón y sobra probabilidad porque, ay, cualquiera podría pensar lo mismo si más de veinte movimientos sísmicos hicieran fluctuar la tierra bajo nuestros pies cada día, como si las fechas fueran instantes y el tiempo detenido.

Hace tiempo, recuerdan los historiadores, corría el año de 1793 y un fenómeno similar aconteció en toda la isla. Suponían entonces que despertaba el volcán cuando, en realidad, eran movimientos leves que les llevaban a sentir el miedo normal de quedarse en el aire.

Para bien los volcanes canarios son de baja explosividad y, por lo tanto, el riesgo de una catástrofe está tan alejado como la certeza, eso sí, de que la tierra se mueve. La Unión Militar de Emergencia ha llevado allí a treinta de sus mejores hombres y mujeres, listos para preparar un campamento para dos mil personas, lejos de tener la necesidad de evacuar la isla.

Es lo que tienen los volcanes, a veces temidos, otras admirados. Mirar atrás, repasar la historia, contemplar la formación geológica como alma que nace del vientre de la Tierra, nos hace recapacitar y pensar que nuestro tiempo es tan limitado como extraño, que lo artificial aún dura menos y que, a la postre, será piedra todo aquello que al principio parece temido como la lava. (Publicado en DiarioProgresista.es, el domingo, dos de octubre de 2011).

 

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A fronte pretipitium, a tergo lupi.
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