Neruda en Villamayor

Querido Pablo: sé -el paso del tiempo teje sobre nuestro rostro cicatrices perennes que nos dicen la hora biológica como un reloj-, que allá lejos apenas te has podido enterar de que en un pueblo de Castilla tenías una calle y que un alcalde, quizás sin memoria, lo ha hurtado de las paredes junto a los de Pablo Iglesias y Enrique Tierno. Sé, como si no supiera, que la vida es un paréntesis entre dos nadas y que no mereces tal agravio porque, dicen algunos, que se te conoce poco.

Te recuerdo, Pablo, que tanto le debemos a aquellas letras que escribiste, España en el corazón (1937), aterrado por la muerte de Federico. Yo te recuerdo, y te recuerdan muchos, salvo algunos, desde nuestra Residencia en la tierra, lugar escondido donde la memoria subsiste entre tanta incultura.

Te critican, dicen los sordos de corazón, tu militancia política. Qué se puede esperar, digo, de alguien como tú que te hicieron huérfano de madre con tan solo un mes, y tu padre, fatigado, fue de aquellos obreros que hicieron los diques de Talcahuano.

Como un Canto general te digo, sí, en nombre de muchos hombres y mujeres de bien, que Castilla no es como ha parecido por aquellos que quitaron tu nombre de las calles de Villamayor de Calatrava. Que Castilla, Bardulia quae nunc vocatur Castella (Bardulia que ahora es llamada Castilla), conoce su nombre desde aquel año de 800 en el que un manuscrito en el monasterio de San Emeterio de Taranco, lo recitaba dibujado en letras de aquel latín distinto.

Castilla fue después un imperio y, ahora, está construida de hombres y mujeres trabajadores que forjan sobre sus manos el valor que sólo lo da la tierra. Como en el Tercer libro de odas, que sepas que Castilla no pertenece a los seres sin cultura que quitan de las calles los apellidos de los poetas.

Cuando visité tu casa, en mi segundo viaje a Chile, Isla Negra, de quien donaste los muros al sindicato del cobre y del salitre, quise recitar entre caracolas los veinte poemas de amor, los veinte, y una canción desesperada que me helaba el corazón.

Pero más frío siento, Pablo, cuando tu nombre es borrado. Si muere un poeta morimos todos, y morir, es en parte borrarte de la memoria, de los labios vírgenes de poemas y las almas quietas de sombras. Morir es arrancar tu nombre de las calles para que gane el silencio. Morir es morir por dentro. Un pueblo también muere cuando olvida, qué nos vas a contar, no sólo cuando entierra.

Se han juntado tantos poetas sobre los campos de Calatrava, que te han recordado a ti, y a Pablo y a Enrique, que es como recordarnos todos, como beber las raíces de sabia y cultura, de arte y de sol. Han escrito, Pablo, los versos más tristes que no fueron, digo, los que imaginaste. (Publicado en DiarioProgresista.es, el sábado, ocho de octubre de 2011).

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A fronte pretipitium, a tergo lupi.
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