Repago

Cada idea, conservadora o socialdemócrata, tiene el derecho de ser expresada por parte de aquel ciudadano que desee aportar con su pensamiento al acervo común de todos. Los políticos, empero, tienen la obligación de ser claros en los conceptos que defienden y, de la forma menos alambicada, mostrarse a los ciudadanos con la transparencia a la que son obligados.

Se llama copago a la imposición de un precio a un servicio público, por el que ya se recaudan impuestos, con el fin de frenar la expansión de su demanda al infinito. Es por ello por lo que debería llamarse repago: dos veces pagado por el mismo servicio, uno vía impuestos, el otro vía precio público.

Resulta más que dudoso que el copago sirva para frenar la utilización del servicio público de forma abusiva. La presencia de ancianos en urgencias, ejemplo que siempre viene a colación, no tiene por qué suceder por motivos de perder el tiempo, sino por la necesidad imperiosa de los de mayor edad de solucionar un daño reparable en su salud. Un euro, dos o tres por consulta, no frena la expansión de la demanda, sino que llama enteramente tontos a los ciudadanos.

Es por ello por lo que el repago o copago es una forma de introducir la participación del mercado en los servicios públicos con el fin, a la larga, de abrir, en los casos más retorcidos, la privatización de los mismos. Lo demás es haberse caído de un guindo.

La propuesta de los conservadores favorable al copago de debe a un cambio en el modelo sanitario y educativo lesivo a la necesaria universalidad de estos servicios. De la misma forma que descapitalizar a la escuela pública y subvencionar a la privada, se hace, es evidente, no para ahorrar presupuesto o ganar eficiencia, sino para cambiar el modelo educativo y sanitario.

En realidad es todo un negocio. La educación, la salud, son bienes inelásticos por los que seríamos capaces de pagar (casi) cualquier precio. La provisión pública, sin embargo, evita el abuso por parte de la provisión privada, máxime en entornos de difícil competencia.

Por el contrario, la provisión privada resulta un bocado más que apetitoso para las empresas oferentes de un sector empresarial, como el español, poco proclive, desde al menos finales del XIX, a la innovación, la exportación y la competencia, y más pendiente de hacerse con los servicios públicos, el monopolio o la precariedad laboral como mecanismo de reducción de costes y generación de plusvalías.

Resulta curioso, además, como cada vez que los conservadores defienden con ahínco estas ideas, el copago o el repago, acaban retractándose horas después. Se trata, como decía al principio, de no ejercer la obligatoria transparencia de ideas y propuestas claras que cualquier elector tiene derecho saber sobre lo que va a poner en práctica el supuestamente elegido.

El presidente de Murcia, Ramón Valcárcel, señaló claramente frente a Mariano Rajoy su apuesta por el copago sanitario como fórmula para frenar la expansión del gasto, o, más bien, como mecanismo de cambio de modelo sanitario. No pocos informes de las fundaciones dependientes del Partido Popular o las propias direcciones generales de la Comunidad de Madrid, así lo sostienen. Hace unas horas María Dolores de Cospedal ha señalado que a partir de mejorar la gestión, el copago o repago es una fórmula más a tener en cuenta para un mejor funcionamiento de la sanidad pública. (Publicado en EL PLURAL, el martes, 4 de octubre de 2011).

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A fronte pretipitium, a tergo lupi.
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