Marshall

Todavía no me explico cómo George Marshall (1880-1959) no llegó a presidente de los Estados Unidos de América. Un día como hoy, el dieciséis de octubre pero de 1959, moría a los setenta y ocho años de edad, uno de los generales más importantes que ha tenido la primera potencia mundial y que protagonizó varios hitos que han marcado las páginas más relevantes de la historia del siglo XX. Recordar su figura en estos momentos abre un espacio de reflexión sobre la deriva económica de un continente como el europeo.

Aquel joven militar que se presentó ante el despacho del presidente William McKinley -a quien España declaró la Guerra de Cuba-, no podía imaginarse que se haría un gran experto en logística y que sus pies pisarían Francia para diversos cometidos durante la I Guerra Mundial.

General en 1936, más temprano que tarde logró auparse a la Jefatura del Estado Mayor del Ejército desde 1939 a 1945. Churchill decía de él que era el gran organizador de la victoria aliada. Curiosamente en algunos documentos ya desclasificados consta como el general Marshall tenía previsto invadir las Islas Canarias para dominar una posición privilegiada en el Atlántico.

A pesar de que dimitió como Secretario de Estado por oponerse a la creación del Estado de Israel, tuvo tiempo, tras la cumbre de 1947, de presentar y organizar el plan que lleva su nombre y en el que participaron dieciséis naciones europeas. La capitalización de la economía de Europa comenzó ciertamente con la idea del general Marshall: de 1948 a 1952 unos trece mil millones de dólares inundaron los bancos centrales europeos con el fin de que las naciones del viejo continente pudieran reconstruir una Europa derruida.

Con estas divisas, las primeras adquisiciones fueron a parar a la compra de bienes de primera necesidad (norteamericanos) y, posteriormente, bienes de capital (norteamericanos) necesarios para la reconstrucción de los países. Desde aquellos 3.300 millones de euros que recibió el Reino Unido, pasando por los 2.300 de Francia y los 1.500 de Alemania, hasta los algo más de 40 de Islandia, se logró encender la chispa que aceleró el crecimiento de las naciones centrales europeas en la década de los cincuenta.

Tomamos nota de lo que supone una solución coordinada y respaldada. Eran tiempos en los que la Alemania que ahora preside Merkel fue ayudada con los ahorros de los ciudadanos norteamericanos. Una idea que dinamizó la economía de estos países y cuyo resultado no fue otro que garantizar un crecimiento sostenible en el viejo continente. (Publicado en DiarioProgresista.es, el domingo, 16 de octubre de 2011).

 

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A fronte pretipitium, a tergo lupi.
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