Hotel Madrid

En el número diez de la calle Carretas se presenta frente a nosotros un hotel abandonado que promete ser un pozo de polvo. Pasos adentro el mostrador de la recepción nos transporta a aquellos días en los que se recibía y se despedía a los viajeros que transitaban. Habitaciones carcomidas por el tiempo, caen goteras aún de tuberías que vaya usted a saber por donde pasan o a donde quieren llegar.

Es el Hotel Madrid. Alguien ha logrado instalar el wifi y nos promete presentarnos a otros okupas intencionadamente aventureros del delito proscrito contra la propiedad privada. Ahí se encuentran, como buscando algo que recordar, cuarenta jóvenes que han llegado de las distintas partes del foro y que se autoproclaman miembros del quince eme.

Lo fácil, en ese extremo reaccionario, es escribir un artículo en defensa de la propiedad privada como un lugar sacrosanto donde reside el principal incentivo, motor del egoísmo, de un mundo lleno de complejos. Pero también es fácil ocupar sin más las fincas o los solares, los autos o las tiendas, sin ser propietarios o disfrutar, al menos, del usufructo de la plaza.

Estamos en el Hotel Madrid, un lugar ocupado que promete una intervención policial y una inmediata orden judicial que defienda la propiedad de un propietario, que, todo hay que decirlo puede hacer lo que desee con su solar. De la misma manera que somos capaces de hipotecar también la vida de toda una generación de jóvenes proscritos.

También tenemos derecho a comprender que, miles de personas en esta región capital, en nuestro país extenso, no pueden acceder a una vivienda mientras, por ejemplo, tan solo en Madrid existe la friolera de doscientas cincuenta mil viviendas vacías.  Se enfrentan dos derechos sacrosantos que se contradicen entre sí y nos colocan en una de las partes: por un lado, como digo, el derecho a la propiedad, por otro, digo también, el derecho de poder tener la posibilidad de dormir en una vivienda digna.

El tiempo coloca a todo el mundo en su sitio. Moriremos enterrados por la propiedad de nuestros sueños, sellados en cualquier registro, de esos que se compran y se venden. Pero no vamos a poder registrar la razón de saber que el futuro es una línea del horizonte que, aún alcanzándola, sólo pertenece a quienes no están ciegos.

El derecho al futuro, tan importante o más como el de la propiedad, supone permitir que nuestros jóvenes aporten el valor añadido que tienen. Más mal que bien vagan sin empleo, bien formados, en busca de un lugar donde crear, innovar o emprender. Y, ahora, un lugar para vivir, para dormir, para amar. (Publicado en DiarioProgresista.es, el domingo, 23 de octubre de 2011).

 

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About antoniomiguelcarmona

A fronte pretipitium, a tergo lupi.
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