La canción de Silvio

Silvio Berlusconi explicó a todos los italianos y al mundo entero las razones por las que el Fondo Monetario Internacional ha comenzado a tutelar al país de Caravaggio y de Pirandelo, de Dante y de Rafael.

Dispuesto a congratularse con su electorado, tras el atril, cámaras enfrente, Silvio Berlusconi se dispuso a cantar. Una especie de tarareo incesante que repetían sus adláteres (a sueldo) y le reían las gracias los cerebros vacíos de la Italia. Era una forma de explicarnos la causa de una intervención somera.

Mientras la directora gerente del Fondo Monetario Internacional explica que lo que le pasa a Italia se debe a su “falta de credibilidad”, el magnate oligarca anuncia que el veintidós de noviembre presentará su próximo disco, “El verdadero amor”, junto con su amigo, compositor y músico, Mariano Apicella.

Mientras le oigo cantar busco en mi pantalla la cotización de los bonos italianos a diez años : el seis coma cuatro por ciento. La prima de riesgo danza al ritmo desafinado de sus corcheas y, leo con estupor, toca la danza de los cuatrocientos sesenta puntos básicos.

Me viene a la cabeza todos aquellos estúpidos que también en España le reían las gracias, que veían en él, “la garantía de la eficiencia y la gestión empresarial”. Po cierto, una forma de dirigir un imperio mediático y empresarial salpicado de escándalos, juicios y controversias. Como su gobierno cuyo puntal, su ministro de Justicia, llegó a proponer una reforma constitucional para que Silvio no pudiera ser juzgado nunca.

Así, una nación de naciones, la hija primogénita de Roma, alegre pero seria, es capaz de pasar del Azzurro a la frivolidad. Tanta música y chicas, prostitución y mierda, que, al final, el Fondo Monetario Internacional ha tenido que meterse de lleno hasta las trancas en las cuentas de un país tan hermoso como romántico.

Con más miedo judicial que vergüenza, con esa cara de cartón piedra, tantas operaciones para no saber exponer que lo anciano también es hermoso. Que el arte nace en Florencia y nos marea, como a Stendhal; que la verdadera música del Arno es el sonido de sus gotas ordenadas por Puccini.

Italia no se merece un bufón y Europa, en menor medida, un líder que sigue sin estar a la altura de casi nada. La historia de la República, teñida a veces de hechos esperpénticos pero también de grandes estadistas, merece que prosiga con otros líderes a la altura de los tiempos y de la dignidad de todos los italianos. (Publicado en DiarioProgresista.es, el domingo, seis de noviembre de 2011).

 

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A fronte pretipitium, a tergo lupi.
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