Una mirada griega

Papandreu miraba anoche a sus diputados buscando quien podría ser el que cambiara la orientación de su voto. Su preocupación se reflejaba en su semblante serio y los minutos pasaban en su corazón como losas.

Europa sin Grecia no es Europa. Y Grecia, sin Europa, tampoco tendría sentido. Una historia común que construye en el horizonte un futuro común. A pesar del despiste de las autoridades europeas: ciegas, sordas y mudas.

Mientras Berlusconi disimula cantando, el pavor a la extensión de la crisis financiera y los impagos en Italia se extiende. Mientras Papandreu contaba el número de escaños para salir adelante. Mientras los parados de Grecia o Irlanda no pueden afrontar sus cuotas hipotecarias, o los bancos irlandeses y belgas no son capaces de pagar los vencimientos. Mientras tanto, el despiste más que evidente de las autoridades europeas, nos hace desviar la mirada y echarle la culpa de todos los males a los griegos.

La mirada griega nos hace no poder ver que hay países que tienen un sistema financiero regular, como es España, y naciones que tienen un sistema financiero seriamente dañado tal como ocurre en la mayoría de las naciones del resto de Europa.

Muestra de ello es el hecho de la cuenta de resultados que muestran estos bancos. Mientras hace escasas horas el Royal Bank of Scotland presentaba unas pérdidas de 1.421 millones de euros (hay que agarrarse para contemplar estas cifras), los cinco primeros bancos españoles mostraban durante los nueve primeros meses, sólo durante los tres primeros trimestres, unos beneficios de diez mil millones de euros.

Me dirán, con razón, que deberán destinar una gran parte de sus recursos a hacer fluir un crédito que tiene completamente obstruido el sistema y, por lo tanto, el crecimiento. Tendrá que disolverse la esclerosis de un mercado de capitales que ha hecho sucumbir a bancos y arruinar a ciudadanos.

Se deduce, por evidente, que la parálisis del sistema financiero obliga a numerosos bancos y países a tener que ahorrar para devolver los créditos ante, sin duda, la obstrucción obvia del mercado de capitales y por lo tanto de la posibilidad de refinanciar, como era costumbre, los vencimientos.

Mirando a Grecia, ergo, el problema no es de los numerosos impagos de los ciudadanos griegos en paro -que también-, o de los dos billones de euros que debe el Estado italiano, o el de una familia desahuciada en Madrid, sino que se trata de la capacidad de las instituciones financieras y monetarias, del Banco Central Europeo, de hacer fluir el dinero, prestar a los emprendedores, refinanciar a los bancos o dar una segunda oportunidad a la gente tras una crisis que los propios bancos crearon.

Grecia es pues Europa porque, además, Grecia no es el problema. Y si no es el problema tampoco es la solución. Lo son las autoridades europeas que tratan de despistar su inepcia haciéndonos mirar a Atenas. (Publicado en DiarioProgresista.es, el sábado, cinco de noviembre de 2011).

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A fronte pretipitium, a tergo lupi.
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