El debate

Se debatía anoche la existencia en la política española, ante las urnas, de dos modelos de entender la sociedad y el camino que hemos de seguir los españoles a partir del comienzo del invierno de 2011.

Ganó holgadamente, desde mi parecer, el candidato socialista y, más allá de los detalles del encuentro –que recoge profusamente este diario-, tengo que señalar que anoche vimos el enfrentamiento de dos personalidades cuyo tamaño será la historia quien lo mida.

Hemos heredado de los franceses la creencia, quizás infantil, de pensar que solo una frase puede cambiar el resultado de una elección. Valéry Giscard Déstaing estaba convencido que fue cuando le dijo a FranÇois Miterrand, en aquel glorioso debate de 1974, “usted no tiene el monopolio de la generosidad”, el paso definitivo que le llevó a El Elíseo.

Los socialistas, Rubalcaba como candidato, el partido como organización, es probable que no tengan el monopolio de la generosidad, pero sí, sin duda, una gran parte de la universalidad que hemos sido capaces de establecer en un país que no desea en modo alguno volver a la beneficencia. Y ahí el candidato socialista se hizo fuerte anoche: en explicar que hay proyecto de izquierdas frente a una derecha recogelo-todo capaz de buscar en la ambigüedad un seguro electoral.

Por eso anoche el objetivo de dejar clara la existencia de dos modelos antagónicos en esencia se confirmó una vez más. Un modelo sustentado en la universalización de los bienes públicos, la sanidad, la educación y los servicios sociales, frente a otro que se diluye en evitar el cuerpo a cuerpo tanto ideológica como programáticamente.

En 1981 Miterrand le devolvió el golpe al de Coblenza: “Habla usted mucho del pasado, me llama a mí hombre del pasado, pero en el tiempo que ha transcurrido ha acabado usted por ser el hombre del pasivo”. Con cierto desparpajo e imaginación, los asesores tanto de Rubalcaba como Rajoy, buscaron una frase afortunada que sirviera de titular.

Pero más que un titular importaba el interés relativo a ver cómo Alfredo Pérez Rubalcaba subía a la red para intentar ganar un partido que la erosión de las circunstancias, el estado de la opinión, la crisis, se está llevando por delante a todos y cada uno de los gobiernos europeos.

Pero, precisamente, subiendo a la red, la agresividad, la capacidad docente, el lenguaje entrañable de Rubalcaba ganaba puntos y nos hacía preguntarnos cuántos sets son necesarios para reencontrarnos con las encuestas, con los nuestros y con las posiciones que pueden llevarnos a una victoria electoral de la que nuestro país está aún más necesitado.

Mientras Rajoy evitaba un posicionamiento que le hubiese hecho asumir riesgos mayores, una actitud escasamente democrática, Rubalcaba se ponía delante del electorado socialista intentando que éste no se quede en casa, llueva o haga sol, el próximo veintidós de noviembre.

Más allá de los currículos de cada uno de los candidatos, ambos ministros y ambos vicepresidentes, quedó nítidamente claro que el día que se instalen las urnas vamos a elegir dos modelos de sociedad.

Rajoy le achaca a Rubalcaba el hecho de haber sido miembro del gobierno de Zapatero, el consejo de ministros que arrostró la crisis. Me hizo recordar aquel 1988, delante de las cámaras de televisión, cuando Chirac parecía un joven aspirante al lado de un experimentado Miterrand. El debate tampoco ocultó que ambos se espetaran sus antiguas responsabilidades políticas: uno presidente de la República, el otro primer ministro. “No me llame señor primer ministro” -le dijo Chirac ante las cámaras-, “porque aquí somos iguales, los dos somos candidatos a la presidencia”. “Como usted quiera, señor primer ministro”, le respondió Miterrand (Publicado en ElPlural.es el martes, 8 de noviembre de 2011).

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About antoniomiguelcarmona

A fronte pretipitium, a tergo lupi.
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One Response to El debate

  1. A mi me parece patético que una persona que aspira a liderar a España, según el PP, se le ocurra decir lo siguiente como propuesta para cambiar la situación actual del país: primero cambiar de gobierno, segundo tener buenos ministros, tercero decir la verdad y cuarto es tener un plan.

    Rajoy juega a la ambigüedad porque no puede ir más allá. En el momento que Alfredo le sacaba del guión se perdía en una maraña de papeles y trabalenguas.

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