Sucesión

Las sucesiones se producen en estructuras aristocráticas, fieles a sí mismas, de diferentes tipos, de espaldas a los administrados cuando éstos sufren un profundo desconocimiento de los hechos y de los procesos.

“Mariano, te ha tocado”, fue la frase que pronunció José María Aznar el 30 de agosto de 2003, tras meses deshojando la margarita sobre si el elegido sería Jaime Mayor, Rodrigo Rato o el propio Mariano Rajoy.

La democracia, en sus diferentes grados, da lugar a que la decisión sobre quien ha de gobernar los estados o las administraciones resida en los administrados, convertidos en ciudadanos con derechos, entre los que se encuentra el derecho a elegir y a ser elegido.

El dos de septiembre de 2003, el Comité Ejecutivo del Partido Popular, ratificaba el dedazo de Aznar y encomendaba a Rajoy la tarea de ser cabeza de lista en las elecciones de 2004. Se pone como ejemplo de sucesión la designación de Aznar, sobre qué no hay que hacer, sobre cómo no puede erigirse un líder.

La democracia liberal instituyó un proceso indirecto en el que el sufragio, cada ciertos años, permite elegir un parlamento que a su vez vota un gobierno. Si socialismo es libertad, la democracia es el instrumento para alcanzar una mayor autonomía en las organizaciones y de las personas, y, por ende, no nos conformamos con la mera democracia liberal sino que debe extenderse a las organizaciones y a la participación.

Poco a poco se van sofisticando entonces los procesos democráticos. Incluso las organizaciones comienzan a presentar estructuras democráticas más acordes con los nuevos tiempos. Los partidos políticos, para mayor abundamiento, habrán de evitar la designación por parte de los aparatos de líderes que se suceden a sí mismos, o que, como una estructura aristocrática, se nombra sucesor al mismo cargo de entre los mismos.

El ejemplo extremo y escasamente democrático de los conservadores españoles forma parte de un repertorio extenso que ha de evitarse si deseamos, máxime desde la izquierda, que la democracia se imponga en nuestras organizaciones.

Se corre el peligro de prescindir, como un regate, de democracia, si distintos miembros del aparato salen en tromba apoyando un candidato: como los nobles godos elegían a sus reyes, de espaldas al pueblo y confiando en sus propios intereses.

Pero los intereses de la gente son más importantes, cuantitativa y cualitativamente, que los de una minoría aún legítima que se perpetúa de forma endogámica.

Aún teniendo en los estatutos democracia y participación, se puede correr el riesgo de que los barones, sosteniéndose, apoyen un candidato que a su vez les sostenga y haga imposible que se presente una alternativa.

Y sería sana dicha alternativa porque animaría al voto, sacudiría una organización centenaria y removería ideas y personas para adaptar al socialismo al futuro, sobre todo si aquel está escrito en el porvenir. (Publicado en DiarioProgresista.es, el sábado, 26 de noviembre de 2011).

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A fronte pretipitium, a tergo lupi.
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