Profesionales

Se es un profesional de la política cuando se convierte en la única forma de vida sin posibilidad de alternativa, atados al presupuesto y conscientes que, una vez perdido el estatus público, la reincorporación a la sociedad civil es imposible.

La política, noble arte, actividad primera, trata de la administración del Estado y la toma de decisiones para el bien común. Pero, ay, no existen profesionales del bien común y, dada la importancia del mismo, corresponde legítimamente a todos la responsabilidad sobre el futuro de la colectividad.

Sobre todo para la izquierda, administrados y administradores han de ser los mismos, ciudadanos elegidos y electores, por un tiempo, en el que cualquiera puede llegar a representar a los representados, a dirigir y a administrar.

Nace sin embargo una nueva clase de profesionales de la política, enredadores de profesión, licenciados en el mediocre arte de colocarse, de ser elegidos para candidato a algo por una determinada circunscripción porque así lo han decidido catorce militantes de los cuales doce son familiares suyos.

Como un proceso de selección adversa, el reparto de prebendas y dádivas, cargos y carguillos, alimenta que los receptores de éstas sigan proponiendo al nuevo profesional que tiende ya a perpetuarse. Peor es cuando este profesional no sabe hacer la o con un canuto y, grotescamente, nos encontramos con el esperpéntico espectáculo de hombres y mujeres con poder pero sin capacidad.

Son esos a los que les conviene que nada se mueva. Se les llena la boca de la palabra unidad como condición imprescindible para sobrevivir. Aquellos que critican a los compañeros y compañeras que salen en las televisiones a defender el socialismo, aquellos y aquellas que apenas dormitan en su escaño y siquiera intervienen en los parlamentos. Los que viven del cuento.

Para romper la profesionalidad nada mejor que la democracia abierta. Que los militantes, a ser posible los ciudadanos, sean los que elijan a los que se han de presentar a candidatos o a dirigentes. Con un censo abundante y heterogéneo, en una democracia abierta, las manipulaciones, la cooptación, la perpetuación, existen pero abundan mucho menos.

Si la política se define, como Max Weber, como una lucha por alcanzar el poder, los profesionales, con más medios y tiempo, se imponen sobradamente cooptando las estructuras orgánicas en las que, como lapas, como larvas, se perpetúan.

Es en los conservadores donde en mayor medida ha impregnado el contractualismo, es decir, las relaciones sustentadas en un contrato entre la sociedad civil y la Administración, un acuerdo contractual entre administradores y administrados, entre políticos y ciudadanos. Es ahí, en el contractualismo, donde nace la diferencia, como una frontera, entre una nueva clase, los políticos, una de las partes del contrato, y la otra, los ciudadanos, como si fueran de otra raza, la otra parte del contrato.

Se me llevan los demonios cuando escucho a socialistas hablar de que hay que firmar un contrato con la sociedad en tal o cual cuestión. Porque también en la izquierda impregnó el contractualismo que determina, reaccionariamente, que una cosa son los políticos y otra los ciudadanos. No cabe mayor aserto contrario al socialismo donde, contrariamente, los ciudadanos deben ser políticos con una u otra tarea.

Sobre la base del contractualismo germinan los profesionales. Encantados de haberse conocido y de ser una de las partes del contrato con los ciudadanos, algo así como ciudadanos de primera clase, los que administran, se perpetúan en el poder en tanto en cuanto dura el contrato que ellos pretenderán que sea toda la vida.

Sólo la democracia, como disolvente, antídoto, puede acabar con este tipo de profesionales de la mediocridad que entorpecen las reformas y evitan la transformación social. (Publicado por DiarioProgresista, el domingo 27 de noviembre de 2011).

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About antoniomiguelcarmona

A fronte pretipitium, a tergo lupi.
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One Response to Profesionales

  1. melillense says:

    Vaya,quitó usted el comentario,pues nada,que le vaya bien.

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