La investidura

El tamaño de un estadista se mide por la naturaleza de sus ambiciones y la estatura de la oposición por la grandeza de sus adversarios. Mala es la época en la que los hombres y mujeres públicos tratan de ser importantes antes que útiles.

En el discurso de ayer Mariano Rajoy demostró que por donde pasa no mancha, pero tampoco limpia. Abierto al diálogo, buscando un gobierno compartido, miraba hacia atrás con disimulada parcialidad al no reconocer que el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero ha sido el que más ha aumentado las pensiones mínimas (49%) en relación a lo que lo hizo José María (29%).

Por fin alguien dijo en el hemiciclo por boca de algún miembro del Grupo Parlamentario Popular : “España no está sola en el mundo, dependemos de los demás”. Fue Mariano Rajoy el que por fin reconoció que cuando sube la marea todos los barcos flotan. Tarde, tras dos legislaturas de improperios en las que se echaba la culpa a Zapatero de todos los males del mundo.

No le temblará el pulso, parece, en recortar 16.500 millones de euros en 2012. En presentar una Ley de Estabilidad Presupuestaria y un decreto-ley que reduzca el déficit público y amortice la deuda de forma contundente. Deberá estar la oposición vigilante para que se haga en aquellos programas donde menos dañe a los menos favorecidos, a diferencia de lo que están haciendo en Castilla La Mancha o en Madrid.

No aclaró cómo va a impulsar el necesario saneamiento financiero, si bien, en relación a la carga de inmuebles de las instituciones financieras parece que dejó abierta la puerta para fomentar concentraciones e impulsar la creación de un banco malo.

No concretó tampoco las reformas estructurales que definió como imprescindibles. Reformas en el Impuesto de Sociedades ampliando a sociedades mayores los beneficios del tipo mínimo, modificando la fiscalidad de los resultados no distribuidos, reformando la ley de subvenciones, una de transparencia, la supresión de múltiples organismos reguladores, y un largo etcétera, la verdad, de reformas importantes pero menores.

Porque de tamaño tendría que ser, empero, lo que él ha venido en llamar una reforma integral del mercado de trabajo, sin concretar tampoco, a expensas de lo que se concierte con los agentes económicos y sociales, donde el único dato cierto es el de eliminar una gran parte de puentes festivos que disfrutan los españoles.

Si en tres meses logrará, promete, solventar el colapso en los titulares del consejo de RTVE, del Tribunal Constitucional o del Tribunal de Cuentas, tendrá que ser contando con la oposición, y ésta, si acaso, decidir ser tan generosa como no fueron ellos en su día.

Medidas urgentes que dan la talla de la velocidad en la que tenemos que regenerar nuestras finanzas, sin definir cómo, pero medidas al fin y al cabo que no tienen la estatura de lo que nuestro país necesita para garantizar a las futuras generaciones una nación solvente y valiosa, próspera y libre. (Publicado en DiarioProgresista.es, el martes, 20 de diciembre de 2011).

 

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A fronte pretipitium, a tergo lupi.
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