Voto perdido

Uno de los comentarios más abundantes durante estos últimos meses ha sido aquel que trata de explicar, como desde un atril, por qué hemos perdido cuatro millones de votos. En el seno de la pregunta, probablemente, esté la respuesta.

La democracia liberal es un logro que (prácticamente) respeta todo el mundo pero que no es más que una pieza de la democracia de la que nos debemos dotar. Convertir el proceso en propio, la democracia participativa, supone una pieza superior bajo la que el sufragio es únicamente parte.

A pesar de que generalizar es siempre injusto, el ciudadano de derechas vota una gestión, la solución a sus problemas, una especie de contrato social (a modo liberal) entre administrados y administradores. La izquierda no suele votar por esos motivos.

¿Por qué hemos perdido cuatro millones de votos?: sencillamente porque el votante no se ve reflejado en la lista que vota. Especialmente el ciudadano de izquierdas que se vota a sí mismo en tanto en cuanto vota unas ideas (suyas), una forma de ver el mundo, unas propuestas para solucionarlo. La izquierda usualmente no vota (solo) una gestión, sino que vota a los suyos, de los que reniega en tanto en cuanto dejan de ser los suyos.

No se trata de que el voto perdido sea el hijo pródigo porque bien seguro los pródigos han sido los que han hecho las propuestas o no han sabido acertar. A partir de aquí se produce una especie de ansiedad  por parte de los administradores (dirigentes): intentar proponer a los administrados (votantes o militantes) mejores ideas. Grave error.

Lo fácil, cartesianamente, es reconocer que se han desarrollado políticas de derecha y acabar compensándolo proponiendo prácticamente la dictadura del proletariado o coquetear con la III Internacional. Ahondando en el error.

¿Por qué error?: porque no se trata de una cuestión (solo) de fondo, sino (también) de forma. Las propuestas son de los ciudadanos, de la clase trabajadora a la que pertenece el PSOE, la que tiene que participar en los procesos democráticos de elección de las ideas, los programas y las personas.

Se trata de volver a votar a los nuestros. Volver a votar nuestro programa. La primera persona del plural como base de la democracia y la participación de todas las personas que se sienten de izquierdas y desean verse reflejadas en las mismas, tanto en forma de ideas como de personas.

El votante de izquierdas no quiere (solo) que le hagan propuestas de izquierdas, sino que quiere ser él el que las haga o, al menos, los suyos a los que él mismo elija un programa que también sufraga. (Publicado en DiarioProgresista.es, el lunes, 26 de diciembre de 2011).

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A fronte pretipitium, a tergo lupi.
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