El día en el que Almunia también llamó a Felipe

A finales de abril de 1998 las primarias para Joaquín Almunia no pintaban nada bien. El aparato, volcado en su candidatura frente a la de Borrell, buscó una última carta de la manga, la más influyente, el hombre más querido: Felipe.

El desgaste de los gobiernos de Felipe González llevaron al fracaso al partido en 1996. Una derrota dulce pero no una dulce derrota que hizo que los máximos responsables del Gobierno de la Nación –Almunia, Rubalcaba, Belloch-, pasaran de ser ministros a diputados de la oposición.

En 1997 Joaquín Almunia sucedía a Felipe González, por designación de éste y por casi aclamación de los cuadros orgánicos del partido en aquel XXXIV Congreso. La distancia con los ciudadanos y con las bases de militantes era palmaria y Joaquín, con mejores intenciones que acierto, se dispuso a tratar de recuperar el gobierno.

La aprobación del mecanismo de primarias, empero, abría una puerta a la participación de los afiliados a los que, en voto individual y secreto, no se les podía manipular, influir o cooptar.

Un líder emergente, Josep Borrell –quien también había sido ministro de Felipe González-, propuso un cambio de orientación absoluto en la organización, fomentar una mayor participación y presentar un proyecto profundamente renovado sustentado en las bases y la militancia.

Almunia cometió entonces un error de bulto. Arroparse por la vieja guardia, en gran parte y probablemente con la mejor de las intenciones, en definitiva, por el aparato. Organización, Ejecutivas, cargos, se dispusieron mayormente a apoyar al líder orgánico frente a la nueva ola que se centraba en las propuestas del equipo de Borrell.

Los datos para Almunia no parecían nada alentadores. Cuanto más aparecían los aparatos en apoyo de Almunia, en ruedas de prensa, en declaraciones inopinadas, en recomendaciones espurias, más militantes deseaban apoyar a una alternativa que, con sus virtudes y defectos, se disponía a cambiar las cosas.

El plena desesperación del equipo de Joaquín Almunia, tan honrada como lógica, círculo del que formaban parte personas tan ilustres como Manuel Chaves, Alfredo Pérez Rubalcaba o Javier Solana, se les ocurrió jugar una última baza que las bases, convocadas en primarias, no podían dejar pasar desapercibida: Felipe González.

El 18 de abril de 1998 Felipe se presentaba en un acto y mostraba su apoyo al secretario general del partido, Joaquín Almunia. Una forma de lenguaje, un mensaje a los militantes de que el mítico expresidente del Gobierno recomendaba orientar el voto, ya decantado por Borrell, hacia su amigo Almunia.

Los militantes, más obedientes a su propia conciencia, con la única referencia, en todo caso, de Pablo Iglesias, en esa compulsión anarcodemocrática que tiene el PSOE, mostraron un evidente rechazo. La presencia de Felipe sirvió de revulsivo para que las bases, los militantes, reafirmaran su autonomía, coherencia y libertad.

El 24 de abril de 1998 Joaquín Almunia fue ampliamente derrotado por José Borrell. Acompañado en su despacho por los hombres más relevantes del aparato del PSOE, antes mencionados, entendió que en sociedades modernas las presiones y las cooptaciones no pueden influir en hombres y mujeres tan autónomos como responsables. Deciden libremente el futuro de un partido que no pertenece a sus dirigentes, sino a la clase trabajadora de la que sus militantes es su parte más comprometida y libre. (Publicado en DiarioProgresista.es, el domingo 29 de enero de 2012).

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A fronte pretipitium, a tergo lupi.
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